miércoles, 24 de septiembre de 2014

Viaje a Lugano y reencuentro (julio y agosto de 2014)

El 1 de octubre de 2011 escribí en este cuaderno “Encuentro entre grandes amigos”. Hoy quiero haceros saber que, después de 3 años y gracias a la amabilidad, cariño, desinterés y gentileza de nuestros amigos Edith y Giancarlo, nos hemos vuelto a reunir para pasar unos inolvidables días, reviviendo el pasado y disfrutando del presente. Quiero aclarar que estos amigos en uno de sus viajes a España también estuvieron en nuestro pueblo, Valdelageve, y del que gratos y bonitos recuerdos mantienen.

Por fin, mis queridos paisanos, concluyó el tan esperado viaje, y la verdad es que mereció mucho la pena. La amistad habida entre las familias Ghillioni – Montero, comenzada a principios de los años 60, continúa en su momento más alto, maravilloso, que, según avanza el tiempo, va in crescendo.

El viaje comenzó el sábado día 26 de julio. A las 18 horas aterrizamos en
Milán y allí estaban esperándonos Giancarlo y Edith. Después de grandes besos y abrazos, como es costumbre, nos pusimos en marcha. Su ilusión era la de agasajarnos, haciéndonos felices en cada momento y para ello nos dirigimos a la ciudad italiana de Varese, pequeña, pero coquetona. Desde ahí saltamos a Ponte Tresa, donde nos tenían reservada la primera sorpresa: cenar en el restaurante chino de su amiga Lucia. La verdad es que el menú fue muy amplio y variado, todo ello regado no sólo con un buen vino, sino con una alegría algo inusual. La llegada a Lugano estuvo impregnada de gran alegría y de bonitos planes de futuro.

El domingo 27 desayunamos primero en la terraza, acompañados de unas hermosísimas vistas, como la verde campiña y los montes San Salvatore,
Generoso, etc. Partimos después hacia Rodi Fiesso (900 metros). La idea era subir en el teleférico al lago Tremorgio (1.800 metros) y así ocurrió. El rato que allí pasamos fue primoroso, con un paseo alrededor del lago, un aire y un ambiente que hicieron que el apetito se abriese. La comida nos estaba esperando, también en una terraza al aire libre, lo que sirvió para recrearnos de las hermosísimas vistas y hacer que el menú fuese mucho más apetitoso. Bajamos en el teleférico, pero con el coche volvimos a infiltrarnos entre montañas hasta llegar a Caseificio del Gottardo, donde paramos para ver una quesería, comprar unos quesos y tomarnos un café. Desde allí, sin dejar de zigzaguear, aparecimos en un inmenso valle regado por el río Ticino, de aguas claras y piedras blancas, limpias y relucientes. Después de unos kilómetros paramos en Giornico, pequeña, pero bonita, localidad, donde tomamos unos refrescos en una grotto y donde volvimos a brindar por la amistad. Ya en casa Edith se encargó de preparar una exquisita cena al estilo alemán.

El lunes 28, una vez desayunados según costumbre, fuimos a visitar Lugano, el lago, sus iglesias, comercios, etc. La comida la hicimos en casa y sobre las 15 horas nos dirigimos a visitar el coquetón pueblo de Bré, sito al otro lado del monte que lleva su nombre. Amén de su tipismo, estaba adornado por múltiples  esculturas situadas por doquier. Subimos caminando hasta la cima del monte que se encuentra en el lado contrario, pero mirando a Lugano, el lago que lleva su nombre y las diferentes montañas. Precisamente allí hay un excelente restaurante-cafetería donde aprovechamos la ocasión para sentarnos y deleitarnos, no solamente con el cafetito que tomamos, sino con las vistas que con anterioridad narré. Lástima que el tiempo comenzara a alborotarse, pues las nubes fueron apareciendo, las montañas se fueron cubriendo, en la lejanía se vieron los relámpagos y más tarde se oyeron los truenos. No cabe duda que el encanto iba cambiando, era otro, diferente. No obstante, decidimos marchar y así lo hicimos, pues teníamos que caminar media hora aproximadamente hasta llegar a Bre. Total que entre saltos y risas llegamos a donde teníamos el coche. Por la tarde nos unimos a Giancarlo, que durante la mañana había estado trabajando, y fuimos a Paradiso, localidad unida a Lugano, por la que dimos un paseo, para acabar sentándonos en un restaurante siciliano. Era la hora de cenar y así lo hicimos. Edith, Giancarlo y Choni pidieron pasta con mariscos, pero yo, por ser alérgico, con carne, todo ello regado con un buen vino. Tomamos tarta de postre, cafetito a petición y brindamos por la amistad con champán.

El martes 29 desayunamos y comimos en casa. La mañana estuvo poco apetecible, pues llovió torrencialmente con la compañía de truenos y relámpagos. Las vistas tan hermosas que teníamos desde casa desaparecieron por una gran cortina de nubes. ¡Una experiencia más! Después de comer nos arriesgamos y fuimos a Montagnola. Nuestra idea era la de
visitar la casa-museo del premio Nobel de Literatura Hermann Hesse, que, por cierto, estuvo muy interesante y hermoso. Para finalizar nos recreamos con unas vistas de paisajes muy bonitas. Por supuesto, todas ellas rodeadas de nubes y de ahí su encanto. Claro que, como aquí el joven no llevó la máquina de hacer fotos, entonces Edith se brindó a llevarnos al siguiente día para hacerlas. Por la tarde, junto con Giancarlo y Claudio (uno de sus hijos), fuimos a una grotto en el monte San Salvatore, donde cenamos. ¿Y qué cenamos? Pues una ración de embutidos variados y costillitas de cerdo a la brasa acompañadas de patatas cortadas en gajos a la brasa, y de postre, un helado sobre una base de licor y café a elección.

El miércoles 30, después de desayunar, dimos una vuelta al laghetto de Muzzano, para subir después a Breganzona y regresar a casa. Por la tarde volvimos a Montagnola, pues había que hacer las fotos que tenía en mente y que, por cierto, ¡qué bonitas quedaron! Visitamos
un camping y pasamos al lado del aeropuerto de Lugano, para desde allí ir a buscar a Giancarlo, que nos tenía otra sorpresa. Se trataba de recordar tiempos pasados, para lo que atravesamos el lago de Lugano- sí, sí, el lago- por un puente con carretera, autovía y línea férrea, y entramos  en la pequeña y bonita localidad de Medricio. Desde allí subimos al monte Generoso y ya casi en la cúspide paramos en la grotto de San Nicolao, antiguamente regentada por la simpática y muy especial Marisa. Cenamos de maravilla y, después de tomarnos el café y la copita de citronelle, bajamos nuevamente a Medricio. Teníamos que ver en esta ocasión sus rincones y calles más típicas, al igual que las torres e iglesias iluminadas.

El jueves 31, con tiempo espléndido, partimos, después de desayunar, a una zona llamada Centovalli (Cien valles), con un nombre que indica todo. Un poquito más adelante paramos para tomar un  teleférico y subir hasta el pueblecito de Rasa, situado a casi 2.000 metros. Un lugar paradisíaco, donde la paz reina y la vista se recrea viendo numerosos pueblecitos repartidos por las montañas, la hermosura de los valles y el gran macizo. Después de un hermoso paseo nos sentamos a comer. Después de la
sobremesa descendimos nuevamente, tomando el coche con dirección a la presa que desde arriba divisábamos. Nos adentrarnos entre las montañas para ver la pequeña y hermosa localidad de Palagnedra. Desde allí fuimos a Locarno, ciudad esplendorosa situada en la orilla del lago Maggiore. La visitamos e incluso la gran plaza donde se celebra el festival internacional de cine de Locarno, con 8.000 sillas. De allí nos fuimos a Verscio, donde Giancarlo tenía reservadas
las entradas para el teatro Dimitri. Antes de la función estuvimos viendo la
casa-museo del payaso y la fundación que lleva su nombre. Nos dio tiempo también para cenar, sólo que, como los estómagos estaban repletos, nos conformamos con tomar un gazpacho español –así, como lo relato-, que, por cierto, tenía un buen sabor. Después entramos al teatro a ver la función, que era un concierto humorístico protagonizado por Nina Dimitri y Silvana Gargiulo,  y con el título “Buon Appetito”. Fue un viaje musical a través de los diferentes gustos del mundo, representado con ironía y poesía. Tal fue así, que Choni, Edith y Giancarlo se lo pasaron de maravilla, pues las risas se sucedieron una tras otra.

El viernes 1 de agosto apareció de nuevo la lluvia y la tormenta, pero con menos fuerza. Por eso a media
mañana partimos a visitar diferentes puntos de montaña con vistas espectaculares. Una gran parte de ellas, generadas por el contraste con las nubes. Al medio día llegamos a Cureggia y, más exactamente, a la grotto da Pierino, cuyo propietario, Mauro, gran amigo de Giancarlo, nos atendió con la misma delicadeza que lo hiciera hace tres años. Comimos y -cómo no- de maravilla.  Después partimos rumbo a Como, ciudad italiana, por la que paseamos, vimos el lago, descansamos y con la alegría del deber cumplido acabamos regresando a Lugano. La cena la hicimos en casa y estuvo muy buena y amena, a la espera de lo que iba a llegar después: los fuegos artificiales, pues no en vano estábamos disfrutando del día de fiesta nacional por excelencia para Suiza. Para ello nos trasladamos al lago, entramos en un hotel -no recuerdo el nombre, aunque sí que estaba situado en primera línea del paseo-, subimos al ático, lugar donde estaban los huéspedes y algunos invitados, tomamos silla y mesa, y también fuimos agasajados con bebida y comida. Desde allí, y durante 30 minutos, divisamos los fuegos, que quedaron hasta reflejados en el lago. ¡Toda una maravilla!

El sábado 2 de agosto fue el día destinado a visitar el lago Maggiore, que en su mayor parte se encuentra en tierras italianas. La primera advertencia de Giancarlo fue la de comentarnos que pasaríamos debajo de la ciudad de Locarno por un túnel de 9
kilómetros, como así fue. Luego llegamos a Cannero Riviera, localidad italiana que visitamos, para más tarde asentarnos en el ristorante Magnolia. Comimos como siempre, de maravilla, seguimos haciendo el recorrido del lago. Hicimos una escala en la Stresa, ciudad de congresos,  quedando maravillados por los  3 ó 4 magníficos hoteles que vimos a la entrada. Ya en la ciudad antigua aprovechamos la ocasión para descansar y tomar unos espléndidos helados italianos. Luego partimos hacia Arona, la última localidad del lago. Giancarlo tuvo la idea de mostrarnos la gran escultura conocida como Coloso de San Carlos Borromeo y, una vez vista, corrimos unos kilómetros para dar la vuelta al lago, pasando el gran puente de hierro, y subir por el lado contrario. La llegada a Lugano fue correcta. La cena, en casa, fue casi de despedida, de ahí que resultase un tanto emotiva. El viaje de partida  estaba preparado para el siguiente día, para salir a las 7 de la mañana, pues teníamos que volver a Milán, donde tomaríamos el avión. Claudio ya nos había preparado y puesto al día los pasajes.

El domingo 3 Edith y Giancarlo nos llevaron hasta el aeropuerto de Milán y a las 10 llegó el momento de la
despedida ¡Qué pena y a la vez qué alegría! Nuestros queridísimos amigos retornaron vía Lugano y nosotros nos introdujimos en la zona de embarque. La llegada a Madrid fue a las 15 horas, una hora más tarde de la prevista. Por ello  perdimos el bus de retorno, por lo que tuvimos que hacer nuestros pinitos y esperar hasta las 20 horas para la partida a Salamanca. Nuestra aventura finalizó a las 22,30 con la llegada a nuestra ciudad.  



(Fotografías. Juan-Miguel Montero Barrado)