domingo, 16 de enero de 2011

Un gevato peregrino (2)

Mi peregrinación a Cruz de Caravaca

Quiero deciros que en el mundo hay cinco ciudades santas que disponen del privilegio de celebrar, cuando corresponda, el Año Jubilar a perpetuidad. Son Jerusalén, Roma y en España, Santiago de Compostela, Santo Toribio de Liébana (Cantabria) y Caravaca de la Cruz (Murcia). Por supuesto, a los tres lugares de España he acudido: siete veces a Santiago, dos a Santo Toribio de Liébana y una, precisamente en septiembre del pasado año, a Cruz de Caravaca.

El comienzo

Mi ilusión ha sido narraros mis vivencias de algunas de mis andanzas. Por ser la última, he pensado que esta peregrinación, hecha desde Murcia a Caravaca de la Cruz en el mes de septiembre, era la más apropiada. Además, siendo con mi propia asociación, es decir, yo solo, por lo que no necesitaba compañía, quería sentirme como siempre me he considerado: un verdadero peregrino solitario. En ésta, de verdad, estaba muy preparado mentalmente. Llevaba esperando siete años -¡se dice bien, siete años!-, que es cuando se celebran los años jubilares y que, por motivos que ahora no recuerdo, me fue imposible realizarla en 2003.

Salí muy temprano de Salamanca para llegar a Madrid y enlazar con el tren que me dejó al mediodía en Murcia, tiempo suficiente para cargar con mis dos mochilas y el bordón o palo redondo con una contera puntiaguda de hierro en la parte de abajo. Lo primero que hice fue sellar mi credencial y salir de la ciudad buscando el lugar donde poder comenzar el camino. Muchas vueltas, preguntas y tiempo me llevó, pero con la tranquilidad, serenidad y paz interior que tenía, algo totalmente anormal en mí, llegué al lugar deseado: el comienzo del “Camino del Apóstol”. Paré y descansé para comer unos bocadillos. El tiempo corría, pues ya eran las tres de la tarde, y tenía que recorrer aún 28 kilómetros. Tal como me encontraba, con un equilibrio que nacía dentro de mi corazón, comencé a caminar para poder llegar al pueblo de Mula. El tiempo no era el más apropiado, pues hacía mucho calor y el cielo estaba gris. Tal es así que algunas gotas de agua me cayeron durante el camino, pero eso no fue óbice para que mi marcha resultase muy regular.

Pero llegó el momento de recapacitar, pensar y alegrarme de cómo todo había transcurrido hasta ese momento. Pese al billete que extravié antes de montar en el tren de Madrid-Murcia, que en otra ocasión me hubiese alterado, esta vez me sentí lleno de paz, esperando a que llegase el revisor y todo se arreglase, como así sucedió. Después de haber llegado en perfectas condiciones a Murcia y haber logrado alcanzar el punto de salida, nada fácil, comencé el peregrinaje. Transcurridos varios kilómetros, según mi costumbre, empecé a pensar en mi familia, amigos, peregrinos, en algunas personas concretas, en mí mismo, porque rezar, meditar, pedir, invocar es algo primordial para todo aquel que se sienta peregrino.

Pero mucha atención, en cada etapa también es necesario administrar muy bien los tiempos: al principio, en el intermedio o finalizada la misma, en la que es necesario buscar lugar para poder descansar, algo que resultó muy difícil en ésta. Al llevar pocos años activa, no están acondicionados los lugares, siendo casi inexistentes los albergues.

En esta primera etapa mi cuerpo y mi espíritu se sentían tan contentos y satisfechos, que canté mucho. Todos sabéis lo que me gusta cantar. Como soy muy observador, mi vista se iba recreando viendo las hermosas y fértiles huertas murcianas: los viñedos con sus racimos de uvas negras y los frondosos árboles. También pasé por lugares desérticos, que me recordaban un poco al terreno que pisé cuando estuve en los poblados saharauis, sólo que esta tierra es blanquecina por ser caliza.

Primer día descanso

El tiempo corría y mis piernas también. Quería llegar en perfectas condiciones y lo antes posible. La luminosidad del día cada vez era más corta, pero todo resultó satisfactorio. Pasadas las 7 de la tarde llegué a la ansiada población de Mula. Busqué un albergue para poder dejar todo el peso, descansar, asearme, etc., pero a quienes preguntaba, me indicaban un hotel. Una persona me aseguró que el hotel era lo mejor para emprender al siguiente día el camino, pero el precio que me podía costar eran unos 50 euros. ¡No, no, no!, un peregrino debe llevar dinero, eso debíamos saberlo todos, pero pagar esa cantidad, imposible. Di vueltas, seguí preguntando, pero… ¿para que tenía a mis ángeles de la guarda, la Santísima Virgen Guadalupana y el Santísimo Papa Juan XXIII? Una vez concluido mi deseo, os lo contaré.

Sin concretar nada, subí a ver la parroquia de Santo Domingo de Guzmán. Digo que subí, porque está en lo más alto del pueblo, casi junto al castillo. Allí me encontré con un matrimonio joven, que tenía una niña y estaba esperando a que abriesen la puerta. Me dijeron que querían ver al Divino Niño Jesús de Mula. Mientras estuvimos hablando y, al contarle mi caso, me dijeron lo mismo que los demás referente al lugar de descanso. Yo seguí insistiendo con toda la amabilidad y pasado un tiempo, al no venir el párroco, pregunté dónde vivía y me fui a su casa con la esperanza de que nos abriese la iglesia y me ofreciera alojamiento. Como no estaba, volví a subir para decírselo al matrimonio joven, que estaba cuidando mis mochilas. Al final decidimos marcharnos, si bien antes le dije al joven que me hiciese una foto. Al bajar, viéndome tan cargado, me invitaron a subir a su coche, pero, mira por dónde, durante el corto trayecto pensaron: “¿por qué no ir a la concejalía de Juventud?”. Hasta allí me llevaron y, mira qué suerte, estaba abierta. Nos recibió una señorita muy agradable y bonita a la vez, que era la secretaria. El matrimonio le expuso mi caso y luego contesté a sus preguntas, de tal manera que le faltó tiempo para llamar a un concejal del ayuntamiento, que en pocos minutos ya tenía autorización para quedarme a dormir en el edificio de la concejalía. Me despedí del matrimonio y su niña, y también de la secretaria, porque ya no los volvería a ver. De esa manera Juan-Miguel pudo pasar una noche en Mula sin tener que gastarse una cantidad de dinero excesiva a todas luces para un peregrino.

Una vez dejado el equipaje y haberme aseado un poco, como estaban en fiestas volví a subir a ver la iglesia de Santo Domingo de Guzmán y al Divino Niño Jesús de Mula, que lo habían traído desde la ermita donde habitualmente está. Postrado ante Él, oré y di las gracias a mis ángeles de la guarda por todo lo bien que me había resultado el viaje en tren, la etapa del camino y el acomodo, y pedirles apoyo para el siguiente día.

Después bajé de la iglesia, entré en lo que yo llamé albergue, me duché, poniéndome después el traje de noche, para comerme finalmente unos bocadillos, tomar mis pastillas y meterme en el saco de dormir, que era ya la hora.

Segunda etapa

Al siguiente día, antes de las siete de la mañana ya estaba en camino. La etapa terminaba en Bullas. Recorridos tres kilómetros aproximadamente y con poca luz pasé cerca de la ermita del Divino Niño Jesús de Mula. Ahora tenía que encontrar el verdadero camino, llamado Vía Verde, que es el trayecto por donde pasaba la vía del ferrocarril, pero que una vez anulada fue asfaltada y es por donde este peregrino tenía que caminar. En los indicadores figuraba el nombre de Vía del Apóstol. La pisada era muy dura y recalentaba mucho los pies. En una frase: era un camino no apto para peregrinos. Al no haber otro, no tuve más remedio que seguirlo. Había muchas subidas, pero Juanmi estaba muy entero. La mañana era serena y muy apropiada para comenzar a pensar, meditar y orar, acordándome de unos y de otros. De esta manera tan confortable iba pasando kilómetro tras kilómetro. Cuando caminas, es mejor no pensar en ello. El peregrino sabe los kilómetros que va a hacer y el tiempo aproximado que va a tardar en llegar al destino.

Quiero hacer un descanso en este relato y pasar a recordar lo que algunas veces me ha sucedido mientras transitaba por otros caminos.

Al ser una persona solitaria dentro de este tipo de marchas, hay momentos en que me encuentro muy feliz cuando camino en la dulce y hermosa soledad. Me da tiempo no solamente a pensar, sino a recrearme mirando los paisajes o las cosas más simples cuando paso a su lado, porque cada una tiene su encanto: la vegetación, con o sin flores, el ver revolotear a los pájaros, oírlos trinar en cualquier momento y, al pasar por un bosque, escuchar el sonido mecedor de las hojas de los árboles movidas por el viento. Todo ello hace que mi cuerpo y mi mente se vayan sensibilizando de tal manera que la paz y la calma me invaden, el tiempo transcurre con mayor rapidez sin darme cuenta y mi caminar es más distendido.

En esta peregrinación no he tenido la suerte de pasar por ningún paraje como el que acabo de narrar. Si lo he descrito, es porque mientras caminaba, venía a mi mente el recuerdo de esas y otras emociones vividas en diferentes marchas.

Pero no siempre sucede lo mismo, de ahí que los peregrinos tengamos que estar preparados sin dar mayor importancia a todo tipo de adversidades o momentos dulces que se puedan presentar.

En esta ocasión, dada la zona por la que me movía y al ser para mí un terreno totalmente desconocido, veía las cosas de otra manera, ni mejores ni peores, sino simplemente diferentes. Durante las primeras horas de la mañana, entre viña y viña, podía ir cogiendo algún racimo de uvas para humedecer mi garganta y este detalle tan simple hacía que en mi cara se reflejase más alegría y mi caminar fuese más alegre. También, durante esas horas, una de las cosas más llamativas y agradables fue que mientras pasaba algunos puentes, veía en las hondonadas verdes valles poblados de feraces y grandiosas huertas. Estas atrayentes vistas duraban poco tiempo y en seguida volvían a aparecer los secarrales.

Antes de entrar en la siguiente población, Bullas, el terreno volvió a embellecerse con ese color verde, que nunca cansa y sí te llena de felicidad. Eran las once y media pasadas cuando accedí a la Oficina de Información y Turismo para sellar mi credencial. Mientras la señorita lo hacía, yo le pregunté: “¿hay algún albergue en esta ciudad?”, a lo que me contestó que no. Lo medité y saqué una conclusión: “¿cómo voy a esperar hasta mañana para hacer la próxima etapa?”. Ella movía los hombros, sin decirme nada y sin atreverse a aconsejarme, porque, creo, vio en mí la voluntad de seguir y hacer las dos etapas en un solo día, como así fue.

Pero lo que a continuación hice fue entrar en una cafetería, donde pedí para beber y comer. Pagué y me acomodé en un lugar lo más lejano de la barra, donde no hubiese nadie. Aproveché para sacar una toalla, ir a los servicios, mojar bien la cabeza, el rostro, el tórax, el abdomen y los pies, o pieses, como yo digo vulgarmente, con el fin de refrescarme y poder volver a caminar en unas condiciones más óptimas, pues el calor ya se iba dejando sentir.

Tercera etapa, en el mismo día

Siguiendo el itinerario que me marcó la señorita, que aún lo tengo en mi mente, caminé por el término de Bullas al menos 3 kilómetros hasta llegar a enlazar con la Vía Verde. Comencé la marcha con muchas ganas y, dada mi condición física, veía la cosa factible. Además me ahorraba un día de camino. Desde el comienzo el entorno que me rodeaba lo veía muy monótono: tierra blanquecina con algunos matojos de hierba seca, es decir, paisajes austeros, algo que el peregrino encuentra algunas veces a su paso. Había casas o chaletes, todos ellos cerrados, pero llegó un momento en que pensé que debería reponer fuerzas. Llegué a un lugar con sombra, solté las mochilas, me senté, comí dos o tres bocadillos y una manzana, y sin más continué el camino. El calor me iba agobiando y me sentía más a gusto andando que sentado. Menos mal que durante unos kilómetros caminé entre pinos. ¡Qué alegría!, al menos iba cubierto por sombras y se notaba un poco el vientecillo. En este tramo aparecían viñas, pero con esa temperatura era imposible coger un racimo y menos comerlo, porque una diarrea se hubiese desencadenado en poco tiempo. También volví a ver algún valle con huertas y palmeras, lo que hacía que la vista se fuese recreando un poquillo. Pero el calor iba en aumento.

La soledad era lo que menos me importaba, porque mi fuerza de voluntad es algo innato en mí y más aún en mi condición de peregrino. Conociendo cómo entre algunas de las adversidades se encuentran el cansancio, los dolores, el hambre, el frío y en mi caso el calor, todo aquello que iba viendo y sintiendo, hacerlo bello, hermoso y, lo más importante, introducirme en el sentido evangélico, acogiendo en él a todos los que me rodean para llegar a través de este camino de sacrificios hasta el peregrino Jesús, que quiso acompañarnos y enseñarnos a avanzar con los pies heridos por la dureza del camino y con la mirada fija en el más allá.

Llegó un momento en el que intenté sentarme a la sombra de una casa solitaria al lado de la carretera, pero era tan grande el calor que me fue imposible aguantar. El agua la llevaba bien controlada. Volví a reanudar la marcha, pero cuál fue mi sorpresa que a pocos metros, al salvar un badén, observé a pocos kilómetros un pueblo grande: era Cehegín. Seguí caminando de la misma forma hasta llegar a él, pero con tal suerte que, antes de adentrarme en el pueblo, me encontré con una cafetería ubicada en una lonja. Esta me sirvió para descansar, refrescarme igual que en Bullas, tomarme un bote de Aquarius, luego un segundo, y acompañarlos con dos sangüises vegetales. Entretanto, entablé conversación con uno de los grupos que allí se encontraban y el rato se me hizo agradable. Antes de despedirme les pregunté: “¿cuántos kilómetros me quedan para llegar a Caravaca de la Cruz?” Me contestaron que sólo siete y que en media hora podía estar allí. Me hicieron reír e hicimos apuestas verbales. Al final les hice otra pregunta, esta vez “¿cuántos kilómetros he caminado desde Mula?”, a lo que me contestaron que de 45 a 48, más o menos. Terminada la charla, cargué con mis mochilas, cogí el bordón, que hace mucho que no lo mencionaba, y salí del lugar para reanudar la marcha.

A Dios gracias la Vía Verde estaba muy cerca y la cogí con ganas, pero andados un par de kilómetros la dolencia que tengo en el talón izquierdo, una talalgia, comenzó a molestarme. El calor cada vez apretaba más, lo que hizo que mi ritmo disminuyese. El tiempo iba transcurriendo y apenas avanzaba, cuando en la lejanía vislumbré Caravaca. El caminar era cada vez más lento, mi dolor era también más agudo y el calor… Eran los componentes que hacían sentirme verdaderamente un sufridor peregrino. A pesar de ello no desistí, llegué al polígono, que me sirvió, primero, para ir al cobijo de las sombras y, segundo y principal, encontrar una cafetería, que me sirvió para descansar, si es que puedo decir esa palabra en las condiciones que llegaba y que me vio la camarera, que era precisamente una sudamericana muy simpática. Intentó animarme, algo que le agradecí enormemente, pero esas bonitas palabras no las aprobaba mi mente. Me tomé uno y luego un segundo Aquarius, casi consecutivos, y después de darle las gracias salí para continuar mi camino con el deseo de llegar a la meta.

Pasados cien o doscientos metros casualmente vi una señal peregrina que me indicaba girar a la izquierda para seguir por el Camino del Apóstol. Este giro seguramente estaba hecho a propósito para que los peregrinos no cruzásemos gran parte de la ciudad, teniendo por ello que rodearla en parte.

Creedme, de verdad, que caminados unos pasos, a partir del desvío y dada la situación en que me encontraba, con unos dolores terribles en el talón, los sudores, el cansancio, no por los kilómetros recorridos, sino por la lentitud en que había caminado el último tramo, casi desde Cehegín, noté cómo de mis ojos salían unas lágrimas. Entonces pensé en Jesucristo, rememorando su propio trance y preguntándome: “si yo ahora mismo voy agotado, dolorido, ¿cómo lo pasarías Tú, cargado con una cruz, dándote latigazos y subiendo al monte Calvario?”. Este pensamiento hizo que mis lágrimas aumentasen y que mis ideas quedasen aún más grabadas en mi mente. Yo sabía y reconocía que mi sufrimiento era muy inferior, pero que también estaba pasando por un calvario. Lo que sí puedo asegurar es que mi mente y mi persona iban totalmente tranquilas. Sigo insistiendo que a mis lados llevaba a los ángeles de la guarda, uno a mi derecha y otro a mi izquierda.

Al entrar en la ciudad mis lágrimas fueron desapareciendo, mi mente iba cavilando sobre dónde poder encontrar un albergue para descansar. Todo esto me llevó un tiempo.

Posteriormente me tocó vivir una experiencia poco grata para un peregrino, al menos para mí, siendo también hospitalero y haber tratado con muchos peregrinos. Preguntando varias veces, llegué al albergue, pero nada más entrar noté algo muy extraño y pensé: “¿un albergue para peregrinos?. No puede ser”. Y efectivamente, al entrar vi la recepción como la de un hotel, hablé con las señoritas que allí se encontraban y me dijeron que sí, que era un albergue, pero para turistas. Entonces, asomando la cabeza por la ventanilla, vi situado a la izquierda a un fraile de la orden carmelita, entré en conversación con él y me dijo que la estancia de una noche costaba 38 euros. Yo le hice ver que era un peregrino y que como tal no podía ni debía gastarme ese dinero por pasar una noche. El fraile, con una sonrisa sarcástica, defendió su negocio y yo mi situación, pero no hubo remedio. Lo que sí es cierto es que sensibilidad y amor por el prójimo, al menos conmigo, no lo demostró. ¡Qué pena! Recapacitando después sobre esta situación, hay algo que le hubiera dicho: “mira, si yo estuviese en tu lugar y más siendo hospitalero, te hubiese proporcionado una cama gratis”. Ante mi insistencia, llamaron a la Oficina de Información y Turismo, para terminar diciéndome que dentro de unos minutos vendrían a buscarme con un coche. Mientras tanto me dijeron que me sentara en el banco que está en el patio a la derecha.

Salí y una vez localizado el banco, en vez de sentarme, me tumbé todo lo largo que era, para quedarme dormido ipso facto. Noté en ese momento, y hoy sigo consciente de ello, que estaba totalmente roto. El tiempo que tardó en llegar el coche, lo desconozco. Lo que sí recuerdo es que la persona que se presentó como Luciano se portó desde ese mismo instante como un verdadero amigo, me ayudó a meter los aperos en el coche y, ya en camino, me fue informando de todo aquello que debía conocer y cómo debía obrar al siguiente día, sobre todo para llegar a la Basílica, ahorrándome algo más de un kilómetro.

Al llegar abrió el albergue, que, por cierto, estaba vacío, lo cual me extrañó y se lo pregunté, respondiéndome: “es que ahora en septiembre no vienen peregrinos por el calor que hace”. Es ahí cuando se me ocurrió preguntarle: “Luciano, ¿cuántos kilómetros hay desde Mula hasta Caravaca?”. Después de calcularlo, me contestó que de 52 a 55.

El albergue estaba situado en un alto, a tres kilómetros aproximadamente de la ciudad. Era precioso, tanto por fuera como por dentro. Hablamos, le pagué los 18 euros estipulados, que ya es bastante, me lo dejó todo preparado, me dio las llaves y me dijo la forma que tenía que actuar por la mañana, no sin antes invitarme, caso de que me encontrase bien, a dar un paseo y visitar las Fuentes del Marqués. Me encontraba tan escacharrado, que no me acuerdo de lo que le dije. Se despidió muy amablemente, porque así lo demostró desde el principio, y allí me vi yo solito para comenzar a seguir mis pautas diarias con toda la tranquilidad. De verdad, no tenía fuerzas para nada y el talón estaba machacado. Después de ducharme, cenar y tomarme los medicamentos me puse el traje de noche, coloqué el saco encima de la cama y a dormir, que mi cuerpo lo necesitaba.

Fase final de la peregrinación

Por la mañana me levanté algo más tarde que el día anterior, pero al encontrarme bastante mejor, sin pensarlo dos veces salí a pasear y ver las Fuentes del Marqués. El recorrido era totalmente llano. Había jóvenes corriendo por los caminos del paraje y algunas personas paseando o sentadas en los bancos. Serían más o menos las 9 de la mañana y el tiempo era el ideal. Con la misma tranquilidad y serenidad que me venía acompañando durante toda la marcha, caminé a paso corto. Además la máquina de fotos que llevaba en mis manos me sirvió para hacer algunas. El lugar era lo más hermoso que había visto en mucho tiempo. El parque o paraje en algunos lugares estaba cubierto de árboles tan frondosos que había zonas por las que casi no pasaban los rayos del sol. Encima, al moverse un poco el viento, escuchaba el armonioso sonido de las hojas de los árboles, que unido al gorjear de los pájaros y ver a las ardillas cruzar el camino y trepar a los árboles, notaba cómo la alegría salía a relucir, lo que continuó el tiempo que allí estuve. Observé el curso del río y sus aguas silenciosas, y paseé durante casi una hora hasta llegar al mismo nacimiento del río, donde brotaban dos hermosos manantiales, conocidos con el nombre que lleva el parque: las Fuentes del Marqués. Allí estuve sentado sobre la tierra, observando tal belleza.

El regreso fue exactamente igual de tranquilo y acogedor. La llegada al albergue fue muy satisfactoria. Entré en él para cargar con las mochilas, coger el bordón y tomar la dirección de la Real Basílica Santuario de la Santísima y Vera Cruz, lugar donde daría por finalizada mi peregrinación. La subida desde la iglesia de El Salvador se me hizo un tanto trabajosa, ya que transcurría por una serie de calles y escaleras que, según iba avanzando, se iban estrechando. Esto me recordaba a las calles por las que caminó Jesucristo cargado con la cruz. Digo esto, porque toda la subida la hice pisando escaleras, dando giros y aguantando otra vez ese calor que se dejaba sentir cada vez más según se iba incrementando la pendiente. Pero, sinceramente, mereció la pena volver a sufrir, aunque para ello tuviera que llegar sudado y emocionado por los momentos que había rememorado.

Al pasar por un arco y ver la basílica, que fue un momento memorable, mis piernas se aceleraron, a pesar del dolor que tenía en el talón, para llegar y entrar en ella. Necesitaba culminar mi jubileo, primero con la confesión, que fue muy entrañable, dirigida por un sacerdote de color. Ver el templo, coger sitio en el primer banco, donde dejé toda mi carga para ir a venerar la Cruz de Caravaca, que es un “Lignum Crucis”; toma este nombre, al tener la Cruz en el interior, tres trocitos de madera del tronco donde murió Jesucristo. Allí estuve postrado delante de ella hasta poco antes de comenzar la Santa Misa. La ceremonia resultó muy emotiva y más aún cuando colocaron la cruz en el ara. Después de unas oraciones recibimos la bendición, pero el culmen llegó cuando fui a besarla. Además fui el primero, que es el que más tiempo tiene para mirarla, adorarla y venerarla.

Una vez terminada la ceremonia fui a recoger el diploma que acredita mi peregrinación a la Real Basílica de la Vera Cruz. De esa manera concluyó mi deseo anhelado durante siete años.

Fotos: Juan-Miguel MonteroBarrado

Un gevato peregrino (1)

Para adentrarnos en materia

Muchos de vosotros sabéis lo que me gusta caminar y que pertenezco a dos asociaciones peregrinas, además de la mía propia. Os digo esto porque vuestro paisano desde hace casi dos décadas camina sin parar siguiendo todas las marchas programadas por cada grupo, amén de las mías propias, que suelo hacerlas en las épocas que las agrupaciones aprovechan para descansar.

A la que estoy mucho más ligado es a la Asociación Amigos del Camino de Santiago - Vía de la Plata, del pueblo salmantino de Fuenterroble de Salvatierra. Es un grupo lleno de actividades, tanto profanas como religiosas, en el que hay muchas formas de colaborar. Os voy a relatar solamente un par de ellas, para que os hagáis una idea.

Fuenterroble de Salvatierra, en el Camino de Santiago – Vía de la Plata

Preparar tres carros para una boda arriera

Con el fin de rememorar cómo la celebraban sus ancestros, dos miembros de la asociación, mi compañero Rufino y este gevato que os escribe los preparamos siguiendo las pautas marcadas por el abuelo del novio, que al terminar el trabajo quedó muy complacido. Nuestra alegría fue enorme, pues no en vano le dedicamos casi dos meses, desplazándonos desde Salamanca tres o cuatro días a la semana.

La ceremonia, desde el comienzo hasta el final, resultó singular. Congregó a muchos vecinos de Fuenterroble, peregrinos y gente que llegó de los pueblos de la comarca. La gran iglesia estaba a rebosar y Blas, el párroco, se sensibilizó en los puntos precisos que tocó, lo que hizo que algunas personas se enterneciesen y, sobre todo, los novios Isaac y Pilar. A petición de la novia, Juan-Miguel leyó una poesía a la Virgen, para terminar cantando la “Plegaria” de Álvarez.

También soy “hospitalero” y como tal he trabajado en el albergue que a tal efecto tenemos, con el fin de ayudar y atender en todos los aspectos a los peregrinos, tanto españoles como de diferentes nacionalidades, que llegan a diario para descansar, pues Fuenterroble de Salvatierra se encuentra en el Camino de Santiago - Vía de la Plata. El trabajo es un poco duro, pero haciéndolo con mucho amor y alegría, resulta muy gratificante y a la vez enriquecedor.

Vía Crucis y Vía Lucis

Todos los años hacemos el Vía Crucis, caminando 13 kilómetros hasta llegar al pico de la Dueña. En cada estación paramos para hacer la lectura que corresponda y puede tomar parte quien lo desee.

Dos semanas después, continuamos con el Vía Lucis, que es una especie de romería que comienza en Beleña. Terminada la santa misa que en el pueblo se celebra, después de recorrer 33 kilómetros finaliza la marcha en la parroquia de Santa María la Blanca de Fuenterroble de Salvatierra. En esta romería los primeros en salir son los jinetes montados en sus bonitos y enjaezados caballos. A continuación lo hacen tres o cuatro grupos de gaiteros y dulzaineros, y le sigue el primer tractor, donde va la imagen de Cristo Peregrino Resucitado. Otros llevan las imágenes relacionadas con las personas que a Él le rodearon, como por ejemplo la Virgen María, María Magdalena, Santiago, san Pedro, san Juan, santo Tomás, san Pablo, etc. Luego, los cofrades, peregrinos, simpatizantes, dos o tres grupos de gaiteros y dulzaineros, y por último los coches de apoyo, por si alguna persona no pudiese caminar todo el trayecto. No es necesario llevar comida, pues somos agasajados por las gentes de las dehesas por donde pasamos.

El Vía Lucis se compone de dos partes: una, la profana; y otra, la religiosa Con esto quiero decir que en cada parada, antes o después del agasajo, al cual va unido el baile, alguno de los sacerdotes que nos acompañan tienen tiempo para deleitarnos con unas breves, pero a la vez positivas y alegres, palabras, que, por cierto, son muy aplaudidas.

De verdad que seguiría con la exposición de todas nuestras actividades, pero me extendería tanto que podría escribir por lo menos un opúsculo.

Fotos: Juan-Miguel Montero Barrado

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Filiberto Villalobos

En el artículo anterior, “El Ayuntamiento”, he nombrado en varias ocasiones a don Filiberto Villalobos, el candidato más votado en Valdelageve en las elecciones de la II República (1931-1936). Sería muy interesante que todos los gevatos conociésemos algo de la importantísima trayectoria de su vida, de ahí que por insinuación de mi hermano Jesús haya preparado esta corta, pero, creo, interesante biografía.

Nació en el seno de una familia humilde campesina en Salvatierra de Tormes, provincia de Salamanca, el día 7 de octubre de 1879 y falleció en Salamanca el 13 de febrero de 1955.

Cursó sus estudios primarios en el pueblo y a los 15 años se desplazó a Salamanca para estudiar el bachillerato, que lo hizo como becario. Terminado éste, comenzó sus estudios de Medicina, que concluyó en 1900. Durante estos años ya se le notaba que por su sangre corría mucha humanidad y por eso sus ideas políticas se fueron dirigiendo en especial al pueblo necesitado y sobre todo al mundo rural.

Terminada la carrera fundó una asociación estudiantil, a la cual llamó “Unión Escolar”, y un año después salió a la luz el primer número. Siguiendo su línea y sus ideas escribió también su primer libro, que tituló Plumazos, en el que aprovechó para narrar el ambiente rural, que es verdaderamente lo que a él más le preocupaba. Transcurridos dos años, dio una conferencia, ya de carácter político, en la Asociación Republicana Salmantina. Como podéis ver, nuestro gran amigo va entrando paulatinamente en la política. Eso no quita para que continuase sus estudios, porque en el año 1904 se trasladó a Madrid para hacer el curso de doctorado. Para poder sobrevivir consiguió una plaza de médico de la Beneficencia Municipal.

En 1906 comenzó a trabajar como profesional de la medicina en Guijo de Ávila y Guijuelo, pueblos distanciados por 2 kilómetros aproximadamente. Ese mismo año abrió lo que fue su primera y última clínica, que pasaría luego a ser dirigida por el doctor Enrique Villalobos Mier, digno hijo de su padre y que es algo que puedo asegurarlo, dada la amistad que me unía a él. Pero lo más importante es que en esa clínica instalará el aparato de rayos X, que casualmente fue el tercero que se montó en España después de otros dos en Madrid y Barcelona.

Pero eso no es óbice para que continuase ya más dedicado a la política. En el año 1909 comenzó en el Ayuntamiento de Salamanca, donde fue elegido como concejal independiente, permaneciendo hasta 1913. Un año antes de dejar el Ayuntamiento se constituyó el Partido Reformista en Salamanca, en cuyas filas se integró. A partir de este año fue cuando la vida de don Filiberto se vio reconocida en Salamanca y en toda la nación. También en ese mismo año se presentó como candidato a la Diputación Provincial, siendo elegido por gran mayoría de votos, por lo que su acción política se extendió por toda la provincia.

En 1918 fue elegido diputado a Cortes por Béjar. Su popularidad fue tan grande, que es cuando comenzó a gestionar innumerables obras en todos los pueblos del distrito: escuelas, carreteras, caminos vecinales, conducciones de aguas, reconstrucción de las iglesias, etc. Todos debemos conocer que, a pesar de sus ideas republicanas, era médico de muchos de los conventos de monjas religiosas de la ciudad, pues su humanidad la llevaba dentro de su interior, al igual que la religión católica.

También fue diputado por el distrito de Salamanca durante varios años y con la proclamación de la II República volvió a ser reelegido en las elecciones de 1931 y 1933 por el Partido Liberal Demócrata, y en las de 1936, por el Partido Centrista.

Mientras tanto, entre el 28 de abril y 29 de diciembre de 1934 fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Por no estar de acuerdo con la política del gobierno acabó presentando su dimisión. 1935 fue el año en que se celebró el juicio de los implicados de la revolución de octubre de 1934. El doctor Villalobos se mostró contrario a las penas de muerte y por esta causa se alejó políticamente de don Melquíades Álvarez y de su partido (1).

Tras la crisis política de diciembre Gabriel Maura había proyectado un gobierno en el que don Filiberto Villalobos debía asumir la cartera de Agricultura, pero el 29 de diciembre acabó siendo nombrado ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes por Manuel Portela Valladares.

El 16 de febrero de 1936 triunfó el Frente Popular en las elecciones generales, cesando el gobierno de Portela Valladares y con él, el doctor Villalobos, que, no obstante, había sido elegido diputado. Durante este periodo asistió a la inauguración de la nueva escuela de nuestro pueblo, Valdelageve, en el que siempre fue muy querido y apreciado. No en vano nos había visitado con anterioridad en varias ocasiones.

Tras el fracaso del golpe militar del 17 de julio comenzó la Guerra Civil (1936-1939). El 10 de agosto el doctor fue detenido y recluido en la cárcel de Salamanca. Se le impuso una cuantiosa multa y se le incautaron bienes. El 20 de julio de 1938 fue puesto en libertad.

Su hijo, el doctor don Enrique Villalobos, nos ha recordado lo siguiente: “A pesar de sus diferentes posturas políticas, también llega a trabar amistad con Franco, quien, devolviéndole el favor, facilitó la salida de la cárcel”.

Antonio Rodríguez de las Heras ha escrito que uno de los últimos llamamientos del doctor Filiberto Villalobos fue el que sigue: “La paz huyó de España, sólo podrá volver a ella con las obras amorosas, maternales y humanas. ¡Que los niños pobres sean los mensajeros de la paz de España!” (2).

A partir de ese momento se retiró de la política para dedicarse solamente a su labor social, su trabajo en el mundo de la medicina y a su familia. Bien es cierto que durante toda su vida fue un hombre muy bondadoso, humano, conciliador y podemos seguir y seguir poniéndole todos los adjetivos que creamos conveniente, porque este grandísimo hombre fue merecedor de todo.

Y como resumen de todo lo que he escrito, nada mejor que el comentario que hace el profesor José María Hernández (3) sobre nuestro querido doctor: “Villalobos resulta para Bello una especie de sacerdote laico, empeñado en redimir a los pobres por la vía de la escuela y el reparto de las tierras. En ello empeña su profesión de médico, lo hizo en su condición de líder estudiantil, lo practica de por vida como político republicano radical reformista en todas las escalas del poder, y eso mismo le conducirá a la cárcel a la llegada de la guerra y del franquismo, y al posterior ostracismo político, que no social, hasta su muerte en 1955”.


Notas

(1) Melquíades Álvarez había fundado el Partido Reformista en 1912 y fue presidente del Congreso entre 1922 y 1923. Durante la República su partido pasó a denominarse Liberal Demócrata, que en 1933 apoyó a la coalición de derechas.

(2) Antonio Rodríguez de las Heras: Filiberto Villalobos. Su obra social y política (1900-1936). Salamanca, Europa Artes Gráficas, 2005.

(3) Luis Bello: Viaje por las escuela de Salamanca. Valladolid, Castilla Ediciones, 2008. El comentario de José María Hernández pertenece a la Introducción que ha hecho de la obra Viaje por las Escuelas de España, publicada en 1936 y cuyo autor fue el periodista y político salmantino del primer tercio del siglo XX (1972-1935).


(Además de los libros de Antonio Rodríguez de las Heras y Luis Bello antes citados, parte de la información la he obtenido también de la enciclopedia electrónica Wikipedia).

viernes, 19 de noviembre de 2010

El Ayuntamiento

La comunidad de Miranda del Castañar


El 8 de octubre de 1215 el rey leonés Alfonso IX delimitaba los términos de Miranda (en la que pudo encontrarse Valdelageve) y se los otorgaba a sus pobladores para que las poseyeran perpetuamente; nacía así la comunidad de villa y tierra de Miranda.

Estos términos otorgados a Miranda en 1215 venían a comprender los que históricamente fueron de Miranda y Montemayor, dato inequívoco de que por esas fechas no se había organizado la comunidad de Montemayor, que verá la luz más tarde por el desgajamiento de Miranda.

La comunidad de villa y tierra de Montemayor nace por segregación de la de Miranda en una fecha posterior a 1215 y conservó su unidad e integridad desde la Edad Media hasta final del Antiguo Régimen (principios del siglo XIX).

La comunidad de Montemayor


La Crónica de Fernando VI” (Ed. Madrid, 1053, B.A.E., Crónicas de los Reyes de Castilla, tomo 66, capítulo XX, pag. 169) dice que las villas de Ledesma, Salvatierra, Granadilla, Galisteo, Miranda y Montemayor habían sido de Don Sancho, nieto de Alfonso X el Sabio (1252-1284). Como murió sin descendencia, el rey las recupera hacia (1310-1312).

En el documento número 39, con fecha 18 de agosto de 1350, del libro Documentación Medieval del Archivo Municipal de Ledesma, de Alberto Martín Expósito y José Mª Monsalvo Antón (Ed. Diputación de Salamanca, 1986), aparece cómo el rey Pedro I de Castilla pide a varios concejos que hagan pleito-homenaje (símbolo de pertenencia a un señor) al arcediano de Toro, no en su nombre, sino en el del infante Don Juan, hijo de Alfonso XI. Esto afectaba a las “villas de Ledesma e de Salvatierra e de Montemayor e de Miranda e de Galisteo e de Granadilla, logares de Don Johan”.

El 17 de mayo de 1418 Doña Leonor de Aragón, viuda de Fernando I de Aragón (o Fernando de Antequera) y madre de los infantes de Aragón, que tenían varias villas extremeñas y salmantinas, daba a su hijo don Enrique, maestre de la Orden de Santiago, el condado de Albuquerque y las villas y lugares de Albuquerque, Medellín, Azagala, la Codosera, Alconétar, Garrovillas, Alconchel, Granadilla, Galisteo y las salmantinas Ledesma, Salvatierra, Miranda y Montemayor (Documentación Medieval de Ledesma, doc. 71, pp. 133-137). El 22 de julio de 1418 el Infante Don Enrique, hijo de Doña Leonor, pide a los vasallos de las villas donadas la obligación de presentarle pleito y homenaje (Doc. Ledesma, doc. 72).

En 1458, con autorización del Rey Enrique IV “El Impotente”, creaba don Juan de Silva, Conde de Cifuentes, el Mayorazgo de Montemayor a favor de su hijo Don Juan de Ribera y Silva, primer Marqués, formándose entonces el Marquesado de Montemayor con todas sus jurisdicciones, Valdelageve se encontraba incluido en el Marquesado, alfoz de dicha Villa compuesto de 14 pueblos, primero Montemayor del Río y luego los 13 restantes, como: Aldeacipreste, Baños de Montemayor, Calzada, Colmenar de Montemayor, Cristobal, El Cerro, Horcajo de Montemayor, La Calzada de Béjar, Lagunilla, Navalmoral, Peñacaballera, Valdefuentes y Valdelageve.

Según el “Centro de las ciudades y villas y lugares de la provincia de Salamanca en el año 1534” (publicado por Tomás González, Censo de población de las provincias y partidos de la Corona de Castilla en el siglo XVI, Madrid 1829) Montemayor tenía con sus anejos 310 vecinos y la villa, 115, como se puede ver a continuación:

Anejos de la villa.

Aldeacipreste, 74

Valdelageve, 17

Peñacaballera, 18

Valdescoboso, 10

Valbuena, 19

Valdeaguijaderos, 57.

Tierra de Montemayor.

Lagunilla, 161

El Cerro, Valdelamantanza y Las Cabañas, 111

Baños de Montemayor, 94

La Calzada, 69

Valdefuentes, 167

Cristóbal, 37

Horcajo, 73

Colmenar y Felipe, 96

Existe otro censo posterior, del año 1588, en el que la comunidad de Montemayor y la villa las formaban catorce aldeas, de las que indicamos también sus vecinos:

Aldeacipreste, 70

Baños de Montemayor, 120

Calzada de Béjar, 75

El Cerro, 150

Colmenar de Montemayor, 120

Cristobal, 80

Horcajo de Montemayor, 70

Lagunilla, 200

Montemayor, 60

Peñacaballera

Valbuena, 25

Valdefuentes de Sangusín, 200

Valdehijaderos, 50

Valdelageve

Valdelamatanza

En el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752 se hace una referencia extensa del pueblo y por ello le dedicaré el siguiente capítulo, teniendo en cuenta además la importancia que dicho Catastro tuvo en su momento.

La última toma del Marqués de Montemayor se remonta a mayo de 1807 (un año antes de "la francesada"), a favor de Don Antonio Ponce de León y Mesía Dávila, Manrique de Lara, Carrillo de Albornoz, Baeza, Quesada, Toledo y Silva, Duque de Montemayor y Grande es España de Primera Clase, X Marqués, de ahí que la posesión de éste durase solo y exclusivamente un año.

Los orígenes de Ayuntamiento de Valdelageve

Durante la ocupación napoleónica de España (1808-1814) las Cortes españolas reunidas en Cádiz aprobaron la primera Constitución liberal española y decretaron la extinción de todos los señoríos, entre los cuales se encontraba el de Montemayor. En las dos décadas siguientes, bajo el reinado de Fernando VII, la legislación de las Cortes de Cádiz fue derogada. En 1833 murió Fernando VII y ello dio paso a las transformaciones políticas que conocemos con el nombre de revolución liberal. Uno de estos cambios consistió en la reorganización administrativa del territorio español, que pasó a dividirse en 49 provincias, siguiendo los criterios del inminente ministro don Javier de Burgos. Como consecuencia de todo ello aparecieron los partidos judiciales y algunos municipios perdieron parte de sus territorios, dando lugar a otros ayuntamientos. De tal forma que el partido de Montemayor, que tenía dos cuartos (Cuarto de Hojeda y Cuarto del Río), después de la reforma administrativa de 1833 desapareció, integrado casi en su totalidad en el partido de Béjar, que así ganaba con creces lo que había perdido a favor de Ávila y Cáceres.

En el libro de don Jacinto Vázquez de Parga y Mansilla Reseña Geográfica-Histórica de Salamanca y su provincia para uso de los colegios y escuelas de la misma (editado en 1884 en Salamanca por la imprenta de don Vicente Oliva y reeditado en 1994 por Librería Cervantes) y, en concreto, en la página 135 figura el capítulo “Índice de los ayuntamientos de la provincia de Salamanca”, del cual voy a relacionar los correspondientes al partido judicial de Béjar:

Aldeacipreste, 499

Béjar, 11.099

Bercimuelle, 577

Cabeza de Béjar, 646

Calzada de Béjar, 769

Candelario, 2.619

Cantagallo, 799

El Cerro, 1.078

Cespedosa, 1.367

Colmenar, 584

Cristobal, 657

Fresnedoso, 326

Fuentes de Béjar, 960

Gallegos de Solmirón, 936

Guijo de Ávila, 572

Horcajo de Montemayor, 439

La Hoya, 249

Lagunilla, 1.437

Ledrada, 833

Montemayor, 781

Navacarros, 456

Nava de Béjar, 539

Navalmoral, 388

Navalmorales, 781

Palomares, 412

Peñacaballera, 396

Perodomingo, 539

Puebla de San Medel, 298

Puente del Congosto, 691

Puerto de Béjar, 1.061

Sanchotello, 651

Santibáñez de Bejar, 1.477

Sorihuela, 788

El Tejado, 929

Valdefuentes, 1.024

Valdehijaderos, 266

Valdelacasa, 865

Valdelageve, 182

Valverde de Valdelacasa, 329

Vallejera, 354

Las elecciones en Valdelageve

Un rasgo de la vida de nuestro pueblo está relacionado con la vida política general del país. España ha gozado de escasos periodos de auténtica democracia, por eso me voy a referir a las elecciones celebradas en la II República (1931-1936) y en la actual monarquía parlamentaria de Juan Carlos I (1977-2008).

El 28 de junio de 1931 se celebraron las primeras elecciones republicanas al Congreso de los Diputados. En la provincia de Salamanca el candidato más votado fue Filiberto Villalobos, seguido de Primitivo Santa Cecilia y Miguel de Unamuno, que se presentaban con la coalición republicano-socialista. Finalmente obtuvieron sus escaños, como también lo hicieron Tomás Marcos Escribano liberal-demócrata, José María Gil Robles y Cándido Casanueva, los dos últimos del llamado bloque agrario. De Valdelageve no se tienen datos sobre el resultado local, aunque sí se sabe que de los 67 electores censados votaron 62, todo un récord de participación que demuestra el interés del pueblo por los cambios que se estaban produciendo en España en aquel año.

Las segundas elecciones fueron en noviembre de 1933. En esta ocasión fue la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) la que barrió en la provincia de Salamanca, colocando a sus 5 candidatos, con Gil Robles como cabeza de lista y siendo el más votado. El socialista José Andrés y Manso y el liberal-demócrata Villalobos obtuvieron también su escaño. En Valdelageve el candidato más votado fue Villalobos (111 votos); le siguieron los candidatos de la CEDA, quedando Gil Robles en el quinto puesto por número de votos (47). La coalición republicana renovadora y liberal fue la siguiente lista más votada, en la que se incluía el que sería ilustre historiador y crítico de arte José Camón Aznar, que obtuvo 22 votos. El socialista Manso sólo recibió 7 votos.

Las últimas elecciones se celebraron en febrero de 1936, cinco meses antes de que estallara la Guerra Civil. En esta ocasión también triunfó la CEDA en Salamanca. El cartel presentado por Gil Robles obtuvo 5 de los 7 escaños; Villalobos, el sexto, y el socialista Manso, el último.

En Valdelageve volvió a ser Villalobos el más votado (118 votos), lo cual indica la enorme simpatía de la que este hombre bueno gozaba en nuestro pueblo. Aún recuerdo las visitas médicas que de vez en cuando hacía mi padre a su consulta en la calle Ramón y Cajal, entre las iglesias de la Purísima y los Capuchinos. Su humanidad y sencillez me impresionaron, como supongo había ocurrido, con mis paisanos, los gevatos. Prueba de ello fue el duelo de despedida que Salamanca le dispensó tras su muerte en 1955: cuentan que ha sido uno de los entierros más multitudinarios, si no el mayor, de la historia salmantina.

El segundo más votado fue el liberal-demócrata González Cobos (97 votos), seguido por cuatro candidatos de la CEDA, si bien el aspirante a diputado por Izquierda Republicana, Ruipérez, recibió más votos (40) que Gil Robles (28) y que el socialista Manso (14). Como se ve, Valdelageve en la república prefería al centrista Villalobos antes que a Gil Robles, líder de las derechas, mientras que concedía escasa importancia a los candidatos de la izquierda.

Durante la actual democracia se han celebrado 10 elecciones legislativas a las Cortes y 8 a municipales. Entonces, a partir de la nueva Constitución, aprobada en el año 1978, el corazón de los gevatos ha ido cambiando al igual que sus preferencias, de ahí que debido a sus nuevas mentalidades, los votos están muy repartidos entre los dos grandes partidos, que son el Popular y el Socialista o el Socialista y el Popular, que tanto monta…

Bien es cierto que, según mi modesta opinión, seríamos más felices viendo a todos los vecinos unidos, formando un solo partido, sea el que fuere y luchando todos, sin descanso, por una mayor mejora del pueblo.

Me viene a la memoria un fragmento de la poesía “Solo para mi lugar”, que escribió José María Gabriel y Galán, grandísimo poeta salmantino, nacido en el pueblo de Frades de la Sierra, el día 28 de junio de 1870:

Porque pueblos bien unidos

son pueblos bien gobernados,

pueblos al bien dirigidos,

pueblos bien administrados;

y está en la paz la riqueza,

y está la fuerza en la unión

y en la guerra la pobreza,

la ruina y la perdición.

Vivamos todos unidos

por lazos de afectos sanos.

¡Los pueblos están perdidos

si no son grupos de hermanos.


El edificio del Ayuntamiento

El edificio del ayuntamiento es relativamente de nueva construcción. Aprovechando la coyuntura voy a dar una serie de datos:

Ayuntamiento de Valdelageve

Calle Salas Pombo, 19

37725 VALDELAGEVE / Salamanca

Tl. 923 / 16 12 62

El secretario, actualmente, acude todos los jueves a las 16 horas.

Dimensiones: 1ª planta, 92,90 metros cuadrados; planta baja, 82,12.

En el primer piso están todos los despachos perteneciente a tal efecto, incluida la nueva biblioteca que lleva el nombre “Juan-Miguel Montero Barrado”; en la parte baja hay un gran salón, destinado al bar; fuera de él hay una hermosa terraza; y fuera de ella un espacio lo suficientemente grande para dar cabida a todo tipo de actuaciones, atracciones, bailes, etc.

Pero, mis queridos lectores, está construido en un lugar que cautiva no sólo por sus hermosas vistas, sino también por el aire puro que se respira.

Normalmente todas las corporaciones municipales suelen destacar por su gran amor al pueblo, siempre prestas a lograr mejoras en todos los aspectos. Los problemas más acuciantes son su aislamiento y la precariedad de sus condiciones naturales, lo que hace que su labor sea más encomiable. Esto no quiere decir que en algunos momentos no existan discrepancias tanto en lo que se refiere a los vecinos como la corporación, pero es algo normal en todos los ámbitos la sociedad. Lo que sí es cierto es que a la larga redunda en cambios positivos a favor del pueblo. Si a esto añadimos el amor que también demostramos todos los hijos del lugar que habitamos fuera, aportando cada uno nuestro granito de arena de múltiples formas (hablando, escribiendo, como lo estoy haciendo ahora mismo, artículos en los periódicos, algún opúsculo, etc.) no cabe duda que nuestro querido Valdelageve sería, como lo va siendo ya, mucho más conocido e integrado en nuestra provincia y fuera de ella.

Podría haber aportado algún dato más, pero creo que con lo escrito es suficiente para que todos podamos hacernos una idea bastante amplia del tema que acabo de relatar.

(Foto: Juan-Miguel Montero Barrado)

Una carta al director de 1999

Sobre un trabajo mío dedicado a "mi vaquerillo"

Hace casi ocho años (el 23 de enero de 2003) el diario Tribuna de Salamanca publicó de Paco Cañamero un artículo en el que se refería con genero- sidad al trabajo que dediqué a la figura de Félix Monforte, el muchacho que inspiró a José Mª Gabriel y Galán su poema "Mi vaquerillo".